Iker Casillas y el juicio imparable

publicado a la‎(s)‎ 17 sept. 2014 7:50 por Carlos Perez   [ actualizado el 17 sept. 2014 7:55 ]
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Casillas despeja el córner posterior a su paradón a Hernández | Reuters



Iker Casillas retornó anoche al Santiago Bernabéu. Lo hizo apenas 72 horas después de que en ese mismo escenario viviera uno de los peores momentos de su carrera deportiva. Los pitos del público en el derbi contra el Atlético de Madrid le dejaron tocado. Lo dicen sus propios compañeros. "Hombre, Iker está fastidiado. Nunca te gusta que te piten", reconoció anoche Sergio Ramos. Por eso todas las miradas del encuentro frente al Basilea (5-1 para los blancos) estaban centradas en el capitán merengue y en el respetable.



Un binomio que pronto empezó a derrochar, de nuevo, tensión cuando el arquero tocó su primera bola. Entonces emergieron con fuerza otra vez los pitos de un sector de la grada que no le perdona.

Da igual lo que haga. Da igual que pare o que no. Es un sector del madridismo (mayoritariamente cercano al sentimiento 'mourinhista') que se ha plantado y ha decidido que no dará ni un paso atrás hasta que el arquero deje de jugar en el Real Madrid.

De ahí su irreductible postura crítica con un jugador, Casillas, que anoche no tuvo tiempo de fallar (o de acertar) cuando ya estaba recibiendo silbidos intensos. El juicio había comenzado y, en ese instante, ganaba la sentencia condenatoria para el capitán merengue. Fue poco después cuando Iker tocó otra bola y, de nuevo, emergió la división entre los parroquianos.



Los que habían silbado al principio del partido siguieron silbando, pero se encontraron en el camino de sus críticas los aplausos de aquellos socios y aficionados que prefieren defender a Casillas y mostrarle su respeto tras 15 años defendiendo el arco del diez veces campeón de Europa.

Apenas se llevaban cinco minutos de partido y el lío ya estaba otra vez servido en el Paseo de la Castellana. Ni la lluvia de goles blanca logró frenar esta 'guerra civil', aunque sí la aplacó. Así fueron pasando los segundos y minutos hasta que en el 66 llegó la ocasión más clara del Basilea.

Un fallo de Varane dejó a González sólo delante de Casillas. El delantero del conjunto suizo se plantó en el punto de penalti y con la pelota botando. Era un gol cantado. González cargó la pierna derecha, puso el empeine y lanzó un disparo que los fans helvéticos ya cantaban como gol.

En ese instante emergió de nuevo el Casillas de antes, el de los viejos tiempos, ése que ya cada vez menos, salva a su equipo de goles claros y evidentes. Su mano izquierda se lanzó ágil al costado zurdo para repeler el tiro y mandar la pelota a córner.

Era la parada del encuentro y los partidarios de Casillas se lanzaron a aplaudir como locos la acción de su capitán. Buena parte del Bernabéu estalló en un clamor. Muchos socios se pusieron de pie para reconocer al Iker que les había dado tantos en años anteriores. El ruido fue inscrescendo. Más que una parada, parecía que se estaba celebrando un gol.

De forma tímida sus compañeros se acercaron a él y le felicitaron por el paradón mientras su gesto, el de Casillas, destilaba una mezcla de alivio y fastidio.

El córner se lanzó e Iker, infiel a sus problemas recientes para despejar los balones que rondan el espacio aéreo de su portería, saltó y sacó sus puños para mandar lejos el peligro visitante. De nuevo su público fiel se lo agradeció con gritos de ánimo.

Mezcla extraña de sensaciones para un portero al que, de no cambiar mucho las cosas, seguirá siendo objeto de un juicio imparable en torno a su figura.

Sólo él, sus paradas y el público del Bernabéu (unos y otros) podrán detener este debate eterno que, por ahora, parece haberse frenado, aunque sólo sean unas horas, hasta que Iker vuelva a enfundarse los guantes para defender la meta de su equipo, el Real Madrid.


EFE
17/09/2014