El Maracanazo El duelo entre Brasil y Uruguay arrojó una de las mayores sorpresas del fútbol

publicado a la‎(s)‎ 17 jul. 2015 17:25 por Eliana Caterine Alvarado   [ actualizado el 17 jul. 2015 17:25 ]
 
En el último partido del Mundial de 1950 jugado en Brasil, la selección local necesitaba tan sólo empatar ante Uruguay para consagrarse campeón. Pero la Celeste, liderada por su legendario capitán Obdulio Varela, dio vuelta el marcador y logró un triunfo por 2-1 que enmudeció a unas 175.000 personas en el Estadio Maracaná de Río de Janeiro.

El desenlace fue bautizado el Maracanazo, y es considerado uno de los mayores batacazos en la historia del fútbol.

Si bien la Seleçción ha conquistado desde entonces cinco Copas del Mundo, más que cualquier otro país, la derrota de 1950 caló hondo en el autoestima de la nación, dejando una herida que recién comenzó a sanar ocho años después al ganar su primer Mundial de la mano de Pelé.

Brasil 1950

Cuando la FIFA decidió que el cuarto Mundial, y el primero tras la Segunda Guerra Mundial, sea organizado por Brasil, la nación sudamericana puso manos a la obra y construyó el estadio más grande del mundo, el Maracaná, con capacidad para 220.000 personas.

La Selección veía que el trofeo estaba al alcance. Sólo 13 equipos disputaron la Copa, y el bicampeón Italia no salió de primera ronda.

Para la segunda y última ronda, el certamen se definió con un cuadrangular. Brasil aplastó a Suecia 7-1, con cuatro goles de su temible delantero Ademir; luego goleó 6-1 a España.

Uruguay, el primer campeón de la Copa del Mundo, era la gran amenaza para la Verdeamarela. Aunque aquel equipo se hiciera famoso por la “garra charrúa” personificada por Varela, lo cierto es que la Celeste era un conjunto muy técnico, con dos cracks sobresalientes: Juan “Pepe” Schiaffino y Alcides Ghiggia.

No obstante, los uruguayo vencieron a Suecia a pocos minutos del final, y apenas pudieron empatar con España. Así, al enfrentarse el 16 de julio en la última fecha, Brasil sólo necesitaba empatar para ganar el torneo.

La afición y la prensa local pecaron de un exceso de confianza, al punto que algunos periódicos ya proclamaban al nuevo campeón en sus titulares. Es más, creían que el local iba a ganar fácilmente el partido gracias a la solidez de su arquero Barbosa, y el poderío ofensivo de Ademir y Chico.

El partido

El marcador no se abrió en el primer tiempo, aunque ambos tuvieron oportunidades de hacerlo. El arquero uruguayo Roque Máspoli tuvo que entrar en acción dos veces, mientras que el palo salvó a Barbosa de un remate de Oscar Míguez.

Apenas se inició el segundo tiempo, Ademir habilitó a Friaça, quien con un remate cruzado anotó el primer gol. El público enloqueció y creyó que era el punto inicial de una goleada.

Pero el capitán Varela agarró la pelota dentro de su arco y comenzó a protestar y discutir con el árbitro, los rivales y sus propios compañeros, desconcertando así a todo el Maracaná.

Varela sabía que no había tanta diferencia entre los equipos, y que el factor determinante podía ser el público. A él se le atribuye una frase que le habría pronunciado a sus compañeros y que quedó grabada en la historia del fútbol: “Los de afuera son de palo”. Y ahora estaba enfriando el partido para silenciar a la torcida brasileña.

La astucia de Varela dio lugar a la habilidad de Ghiggia y Schiaffino, que se unieron para igualar la contienda a los 66 minutos. El primero desbordó a Bigode por la banda derecha, y tiró un centro que Pepe definió en el primer poste con un derechazo alto.

Los análisis post-partido dirían que ese tanto fue clave, ya que infundió temor y confusión en la selección brasileña, que siguió atacando en vez de cuidar el punto que lo consagraba.

A 11 minutos del final, Ghiggia volvió a superar a Bigode, pero esta vez no buscó a Schiaffino, sino que apuntó al primer palo de Barbosa, quien esperaba un centro similar al del gol anterior y no logró reaccionar a tiempo para evitar una nueva caída de su valla.

Ghiggia diría años después, “Sólo tres personas han hecho callar al Maracaná con un solo gesto: el Papa, Frank Sinatra, y yo”.

Epílogo

El gol de Ghiggia provocó un silencio ensordecedor, y tras el silbato final, rompió todos los planes. El presidente de la FIFA, Jules Rimet, apareció en el campo de juego, y tan desconcertado como los jugadores y fanáticos locales, le entregó la Copa a Varela sin pronunciar ninguna palabra, y se alejó.

En medio de los festejos, los jugadores uruguayo quedaron conmocionados por el llanto y la tristeza que reinaba a su alrededor.

Cuenta la leyenda que esa noche Varela recorrió varios bares de Río de Janeiro para consolar a los hinchas brasileños.

Lo cierto es que Brasil nunca perdonó a Barbosa, a quien culpó por la derrota, y su selección jamás volvió a vestir la casaca blanca que lució aquel 16 de julio de 1950.

Por Sebastian Perez-Ferreiro
Experto de Fútbol