El bogotano que ganó oro en la tierra del kung-fu

publicado a la‎(s)‎ 6 ago. 2014 6:59 por Eliana Caterine Alvarado   [ actualizado el 6 ago. 2014 7:03 ]


Foto: Nicola Longobardi / China Files
Todos los días, Pablo Martínez se reúne para entrenar, en los parques de Pekín

Cuando Pablo Martínez terminó su presentación en la ronda final de la categoría kuan dao del Campeonato Mundial de Kung-Fu, el 26 de julio pasado, hubo una discusión interna entre los jurados. Después de haber descartado a 150 participantes, la mayoría chinos, el colombiano quedó entre los dos mejores, ¿pero sería el primero?

“Yo lo había hecho más corto, pero más rápido y fluido. El otro había mostrado más movimientos, pero los había hecho muy lentos”, recuerda. Y había una consideración más: “Tenían que pensárselo mucho antes de darle el oro, por encima de un chino, a un colombiano en un arma tan emblemática como el kuan dao”, dice el bogotano sobre este sable largo que es considerado una de las armas más importantes del kung-fu y una de las más representativas en la mitología china.

Después de dos horas de deliberaciones de los jueces, todos ellos miembros de la Organización Mundial de Kung-Fu –creada por las diferentes federaciones y universidades de ese arte en China y en el mundo–, le entregaron el oro a Martínez, haciéndolo campeón mundial de kuan dao.

Pero hubo mucho más durante su paso por el campeonato, al que asistía por primera vez. Un día después se llevó la medalla de plata en la categoría bianze, el arma más mortal del kung-fu. Es un látigo de cuatro metros que está formado por una cadena de metal, y en cuya punta tiene un tejido de hilo grueso. Para manejarla se requieren años de entrenamiento y habilidad, pues genera una velocidad tal que corta el viento y hace un ruido explosivo y saca chispas cuando toca el suelo.

Pocos la pueden manejar. Esa es una verdad en China. De hecho, para esta categoría Martínez compitió solo contra 17 personas y fue el único extranjero. “Estaba muy nervioso de hacer el ridículo ante tantos chinos, que tienen el cuerpo hecho para hacer kung-fu. ¡Pero me fue bien!”, dice. Aprendió a manejar esa compleja arma hace solo 11 meses, cuando pisó Pekín persiguiendo la historia del kung-fu y logró conocer a los grandes maestros.

Su encuentro con el arte
Martínez, hoy de 37 años, parecía estar destinado a esta arte marcial. Lo conoció por primera vez en la Universidad de Brasilia, a donde llegó en el 2009, gracias a una beca del gobierno de Brasil para estudiar administración de empresas, después de haber servido por tres años en el Ejército colombiano como agente de inteligencia.

Justo al frente de su habitación estaba la escuela de entrenamiento de kung-fu de la universidad. Como había aprendido tácticas de defensa durante su entrenamiento militar, se lanzó a la escuela para volverse alumno, pero el maestro lo rechazó tajantemente. Así que se dedicó varios meses a imitar los movimientos de los alumnos desde la ventana, hasta que se sintió listo para probarse ante el maestro. Su esfuerzo le valió la entrada.

El maestro resultó siendo Nereu Graballos, uno de los pioneros del kung-fu en Brasil y quien fue alumno estrella de Chan Kowk Wai, uno de los tigres del kung-fu chino en el mundo y portador de esta arte marcial al país suramericano.

Martínez pasó rápidamente de entrenar una hora a 16 horas al día, y después de los cinco años que duró su beca terminó graduándose en kung-fu, en lugar de administración.

A su regreso a Colombia, en el 2005, le ofrecieron volver al Ejército. Martínez se reinventó con el kung-fu para asumir las nuevas misiones de inteligencia, que cada vez se hacían más sofisticadas. Decidió que para combatir “las fuerzas del mal” –como llama a los que están por fuera de la ley, muy al estilo de guerrero oriental– era importante saber actuación para poder infiltrarse con éxito.

Durante seis meses estudió con Edgardo Román, pagando sus clases con cátedra de kung-fu en la Fundación Actuemos. Su propuesta se hizo famosa en el Ejército, dice, pues empezó a traer buenos resultados. “Yo era el que vendía la naranja, el que gritaba ‘se arregla la olla exprés’, el borracho, el indigente o cualquier tipo de personaje alrededor de las milicias y las bandas que investigábamos. Ellos nunca me detectaban porque no andaba armado”, cuenta.

Se volvió –afirma con orgullo– el éxito de las misiones: “Cuando íbamos a capturar a alguien, yo siempre entraba de primero. Nadie pensaba que un viejito que llegaba cojeando iba a convertirse luego en un guerrero de kung-fu que los neutralizaba a todos. Ya cuando los malos querían reaccionar, estaban rodeados por el Ejército o la Policía”.

Después de dos años de misiones, el 13 de enero del 2007 le hicieron un atentado, del que salió ileso. Siguieron amenazas telefónicas, que terminaron llevándolo a Estados Unidos, donde pidió asilo político. Comenzó entonces un proceso que se extendió por siete años, esperando una respuesta positiva que nunca llegó. Sin permiso de trabajo, su salvación económica fue el kung-fu: primero como maestro y luego, como extra en series y películas.

Terminó renunciando al proceso y, al no poder regresar a Colombia, se fue para la meca del kung-fu. “Quería ver este arte de cerca y tenía en la cabeza a China”, cuenta Martínez, quien apenas está aprendiendo mandarín.

Después de una larga travesía, y gastándose todos sus ahorros, llegó a Pekín. Con la ayuda de unos amigos, y de nuevo gracias al kung-fu, encontró trabajo.

A menos de una semana de estar en la capital, le ofrecieron participar en un desfile de Aimer, una reconocida marca de ropa interior en Asia, para que hiciera movimientos de kung-fu mientras las modelos caminaban por la pasarela. “Cuando se acabó el show, nadie aplaudió. Pensé que la había embarrado, pero era porque a los chinos les parecía raro que un extranjero estuviera haciendo kung-fu”.

De ahí consiguió un agente. Ya ha participado en 18 películas, ocho comerciales y en dos series de televisión; en todos, como extra. El año pasado fue extra en la producción chinoestadounidense Outcast, con Nicolas Cage, que se estrenará el próximo año, y pronto rodará El superguardaespaldas, una producción china que cuenta la historia de un magnate chino que tiene una mina de diamantes en África y guardaespaldas especiales, entre ellos el que interpretará Martínez.

De la mano de los grandes
Pero lo que más aprecia de estar en China son los círculos de artes marciales a los que ha podido entrar y que le han permitido entrenar con personas que han aprendido de generación en generación el milenario arte marcial del kung-fu.

Con la llegada de Mao, el kung-fu cambió radicalmente en China y por poco desaparece. Los grandes maestros fueron expulsados y el Partido Comunista creó un nuevo estilo, más sutil, que no contenía los movimientos mortales, precisamente para eliminar de raíz las potenciales amenazas militares. Los maestros emigraron a otros países, como Brasil.

Un día, mientras Martínez entrenaba en un parque de Pekín, otro artista del kung-fu reconoció su estilo. No solo se hicieron amigos, sino que este lo introdujo a otros maestros de Pekín, en su mayoría exmilitares o miembros de la élite china, que recibieron una educación privilegiada.

Cada reunión se convirtió en una prueba de nivel, al punto de que un día organizaron un encuentro especial para que los grandes shifu (maestro, en mandarín) del Círculo de Artes Marciales de Pekín valoraran sus movimientos. Martínez es uno de los más jóvenes del grupo, que está integrado por señores mayores, incluso algunos de más de 90 años. Con ellos fue con quienes aprendió realmente el arte del qilinbian, la técnica antigua de manejar el bianze. “Todos hemos crecido dentro del grupo. Cada vez mejoramos más y creo que ellos me aprecian no solo porque soy bueno, sino porque gracias a mí otros jóvenes chinos se han acercado al grupo y han comenzado a entrenar”, asegura.

El reconocimiento que ha ido teniendo Martínez en China llegó a oídos del gran maestro del qilinbian, Zhao Chixu. “En la Navidad pasada terminé en una cena secreta con él. Nadie que no tenga mérito puede entrar. Yo llegué sin saber quién era él ni lo que me esperaba”, recuerda.

En la puerta, el maestro le pidió una demostración. Luego, él respondió con un movimiento. “El hombre parecía volar, como en las leyendas. Era un shifu elevado”, cuenta. Después de cuatro rondas, el maestro asintió y lo aceptó. Y ante la sorpresa de todos sus alumnos, lo sentó enfrente de él en la cena –posición que en China simboliza una ubicación de gran importancia–.

“A partir de ese encuentro me convertí en un shifu, como ellos. Y hoy me atrevo a decir que soy el único extranjero que maneja el bianze y sabe el qilinbian a un nivel cercano al de los grandes maestros chinos del kung-fu original”, afirma.

Reconoce que aún le falta mucho por aprender, y planea quedarse al menos otros cinco años. Ya se está preparando para el próximo campeonato, que se realizará el año que viene, en donde buscará el oro en el bianze, el arma suprema y más mortífera del kung-fu.

Por:  NATALIA TOBÓN TOBÓN
 11:42 p.m.
2 de agosto de 2014