David Ferrer devora el título ante Fognini

publicado a la‎(s)‎ 23 feb. 2015 12:50 por Eliana Caterine Alvarado   [ actualizado el 23 feb. 2015 12:50 ]



Ferrer, durante la final. / SERGIO MORAES (REUTERS)

David Ferrer conquistó el 23º trofeo de su carrera al ganar 6-2 y 6-3 a Fabio Fognini en la final de Rio. El italiano no se pareció en nada al tenista que había derribado a Rafael Nadal la víspera. Le pesó la importancia del encuentro, pero no solo eso. El alicantino tiene fama de fiero competidor, y eso pesa sobre la cancha, más cuando el rival acude al encuentro con siete derrotas en otros tantos partidos, como le pasó al aspirante. El número nueve mundial, que perdió el saque la primera vez que sirvió por el título, devoró la final de principio a fin. No solo demostró su hambre de victoria. Con su triunfo, Ferrer, de 32 años, también volvió a dejar claro que su pasión por el tenis puede quemar a la mayoría de contrarios.

El partido se discutió desde la línea de fondo y según las viejas leyes del tenis sobre tierra. Los intercambios fueron largos y tranquilos. Buscaron el desgaste. Los dos rivales se analizaron y convinieron que el mejor golpe del otro era el drive y el peor el revés. En consecuencia, se aplicaron a los intercambios cruzados para luego intentar ganar la iniciativa cambiando. Ferrer tuvo la paciencia que dan años de batallas ganadas, finales disputadas y contrarios eliminados. A Fognini le pasó lo que tantas veces: en ocasiones, tener muchas posibilidades técnicas es peor que no tenerlas. Es tanto su talento, y tantas las opciones que tiene para elegir en su muñeca, que a veces se enreda en imposibles.

Y a Ferrer es muy difícil ganarle inventando. O se le desborda por fuerza o se le enseña una distancia insalvable de talento o se acaba enredado en la asfixiante persistencia de su tenis de cemento. Ya en la treintena, el español sigue teniendo piernas para perseguir bolas que otros solo miran desde la distancia y se aplica con la fe del converso a la liturgia del tenis de alto ritmo. Empapado en sudor, el alicantino se llevó la primera manga en poco más de media hora. Sin que se le moviera un pelo, el italiano se fue a sentar en el banquillo sin que le inquietara lo más mínimo haber cometido 17 errores no forzados en 37 minutos. "Este es mi tenis", habría dicho si le hubieran preguntado.

Con eso no basta. De la paciencia del inicio, el italiano pasó a las prisas, y con él se diluyeron sus opciones. Le pesaron los fantasmas, esas siete derrotas precedentes en otros tantos partidos. Ferrer conquistó así su segundo título de la temporada, que le ha visto ya celebrar trofeos en cemento y tierra, y sumó un buen puñado de puntos para impulsarse en su sueño de escalar posiciones dentro del top-10. Pasan los años y su tenis sigue pesando en el circuito. Tiene mucho más talento del que se le suele 
reconocer, pero sobre todo le distingue una cosa que no se enseña en las academias y que le separa de la mayoría de tenistas: ilusión por el oficio.

JUAN JOSÉ MATEO Madrid
 23 FEB 2015 - 00:15 CET